Por: Fabiola Santillán – 29/abril/2026
Si les soy sincera pasé días pensando qué escribir, me preguntaba qué tema sería interesante que leyeran, pero nada venía a mi mente, el bloqueo creativo se quedó a vivir aquí conmigo. Después de un par de días, recordé que hace tiempo tomé un curso de “Literatura Queer” con Yuna_write y me dije “qué buen tema para abordar”.
La literatura queer no es solo un tema, es una postura: hacer arte desde el margen y desde el cuerpo, es incomodar. Es convertir nuestras heridas y placeres en un archivo de resistencia, usando el arte en general para agrietar lo normativo y abrir mundos donde todas las existencias tengan lugar en el espacio.
Hace unos años a través de mi primo supe de Fabián Cháirez, su arte me pareció fabuloso y hace un año tuve la fortuna de contemplar su controversial exposición “La venida del señor”.
Cháirez es reconocido por sus representaciones de figuras masculinas en posturas sensuales, combinadas con elementos tradicionalmente femeninos. Su obra cuestiona las normas de género y visibiliza la diversidad sexual. La pintura de Cháirez se convierte en un enigma desde el momento en el que rompe los paradigmas del macho mexicano, quebrando estándares sociales y manipulando a su antojo, sin la menor pizca de discreción o pudor, a esos personajes del México popular tan deliciosamente enraizados en el imaginario colectivo, así en el ring como en la cancha de fútbol, así en la tierra como en el cielo. Su obra no necesita de explicaciones verbales, habla por sí misma y les prometo que presenciarla fue increíble.

Es imposible no ver un eco de esta provocación en la figura de Sor Juana Inés de la Cruz. Si Cháirez desafía la iconografía religiosa, la «Décima Musa» utilizó los mismos símbolos del Barroco para habitar una ambigüedad brillante. En sus versos a la Virreina María Luisa Gonzaga, Sor Juana desdibujó las fronteras del género, recordándonos que «el alma no es hombre ni mujer» y que el deseo puede ser una forma de conocimiento que trasciende cualquier hábito.
La relación de Sor Juana con María Luisa Gonzaga, la Condesa de Paredes, es el núcleo de la teoría queer en su obra. No se trataba solo de amistad; era un erotismo intelectual que desafiaba las etiquetas coloniales. Ella utilizaba la lírica para decir lo que socialmente estaba prohibido. En sus poemas, a menudo se posiciona desde una neutralidad de género o desde una devoción que rompe la norma. Esa transgresión sigue resonando hoy y nos invita a habitar sus espacios. Por eso, valoro tanto contar con amigas que caminan a mi lado; gracias a Lupita, cumplí el deseo de conocer Nepantla. Estar en la casa donde nació Sor Juana me permitió conectar de una manera distinta con su legado y con mi propia búsqueda como escritora.
“Ser mujer, ni estar ausente, no es de amarte impedimento; pues sabes tú que las almas distancia ignoran y sexo.”

Debo mencionar que ver la serie “Tengo que morir todas las noches” me encantó tanto que me puse a indagar sobre los “hechos reales”, pensando que este libro escrito por Guillermo Osorno era la primera crónica Gay en México y resulta que la primera fue “Estatua de Sal” de Salvador Novo.
Este fue el heredero directo de la ironía de Sor Juana. Mientras ella usaba el hábito para proteger su intelecto, Novo usaba el dandismo, el maquillaje y sus anillos para «escandalizar» a la sociedad pos revolucionaria. En su obra La estatua de sal, Novo cartografía una Ciudad de México queer mucho antes de que el término existiera.
Escrita a mediados de los años 40, aunque la edición completa se publicó hasta 1998, si bien Novo desafiaba la norma desde la calle y la crónica, Frida Kahlo lo hacía desde el autorretrato y la piel. No puedo hablar de cuerpos que narran sin pensar en ella. Frida llevó la ambigüedad que ya asomaba en Sor Juana hacia una explosión visual: se apropió de lo masculino con sus trajes de sastre y celebró lo femenino con sus huipiles, pero siempre desde una libertad que ignoraba las etiquetas. Al igual que los personajes de Cháirez que tanto me impactaron, Frida no pedía permiso para existir; su cuerpo, marcado por el dolor y el deseo hacia hombres y mujeres, fue su primer territorio de resistencia. Ella nos enseñó que la identidad no es una línea recta, sino un mapa de cicatrices y flores.

Empecé estos párrafos muy perdida, buscando un tema que valiera la pena, y terminé encontrando un refugio en las voces de quienes, antes que yo, se atrevieron a nombrar lo impronunciable. Desde el convento de Sor Juana hasta los óleos de Cháirez, pasando por la honestidad brutal de Novo y la piel expuesta de Frida, entiendo que narrar el cuerpo es un acto político. El arte queer en México no es solo un archivo del pasado; es la grieta por la que hoy seguimos respirando, escribiendo y creando mundos donde, por fin, no existan los márgenes.

