LEYENDAS, ESPECTROS Y LA MEMORIA DE LA PLUMA DE LAS AUTORAS MEXICANAS
Por: Fabiola Santillán – 1/noviembre/2026

Noviembre nos invita siempre a mirar de frente hacia las sombras. En México, crecemos rodeados de relatos contados en la sobremesa o al borde de la cama: la mujer que vaga lamentándose por la ribera del río, las luces misteriosas que arden en los cerros anunciando el vuelo de las brujas, o la casa del pueblo en la que nadie consigue dormir.
Sin embargo, durante décadas, la tradición oral y el canon literario asignaron un lugar muy estrecho al espectro femenino: el de la culpa moralizante, la locura, la histeria o el castigo desgarrador.
¿Qué ocurre cuando son las mujeres quienes toman la pluma para disputar y reescribir ese territorio de la noche?

Escribir terror desde la literatura mexicana no es una evasión ni un simple artificio para infundir miedo; es, en el fondo, una vía para examinar lo inconfesable. En un país donde la historia, las ausencias y las violencias cotidianas pesan en los hombros, el género de lo siniestro se convierte en una herramienta metodológica de memoria y resistencia. Las escritoras mexicanas no buscan el sobresalto fácil mediante monstruos alienígenas ni criaturas extranjeras: su terror habita en los rincones de la casa familiar, en la memoria colectiva, en los mitos despojados de sus ataduras y en la vulnerabilidad del cuerpo.

foto: El Siglo de Torreón
Esta genealogía del miedo tiene cimientos sólidos. Pioneras como Amparo Dávila y Guadalupe Dueñas demostraron desde mediados del siglo XX que la verdadera pesadilla no proviene de lo sobrenatural, sino de la angustia doméstica, el aislamiento y las presencias innombrables que acechan en lo cotidiano. A ellas se sumó Adela Fernández, quien en obras como Vagualuna exploró el misticismo, la muerte y el folclore con un tono siniestro y profundamente arraigado a la tierra.
Hoy en día, la narrativa contemporánea retoma esa antorcha y la expande con fuerza crítica. Fernanda Melchor, en Temporada de huracanes, desmonta el mito de «La Bruja» para revelar cómo la superstición rural es en realidad un espejo de la miseria, la misoginia y el rechazo social. Por su parte, Silvia Moreno-García toma en Gótico (Mexican Gothic) el tropo clásico de las mansiones embrujadas para poner sobre la mesa el colonialismo y la decadencia de la herencia patriarcal en el México rural de mediados del siglo XX.
Asimismo, autoras como Lola Ancira centran lo siniestro en espacios reales e institucionales, demostrando que los verdaderos abismos suelen ser la indiferencia social y el encierro.
Al pasar por la pluma de estas autoras, los mitos populares cambian de naturaleza. La Llorona deja de ser la «mala madre» condenada eternamente para convertirse en el eco de un dolor no procesado y la memoria doliente del despojo; la bruja abandona la caricatura demoníaca para encarnar el saber silenciado, la autonomía amenazante y la resistencia de las mujeres frente al miedo de la comunidad.
Escribir y leer terror en México desde la mirada femenina es, en última instancia, un acto de justicia testimonial. Es atreverse a mirar las grietas del hogar, escuchar los crujidos de la historia y entender que los verdaderos fantasmas no vienen a asustar por azar, sino a señalar los silencios que fuimos educados para callar.

En esta temporada de muertos, volver a estas lecturas es encender una veladora distinta: una que no solo ilumina el camino de regreso de quienes partieron, sino que desentierra las voces que llevaban demasiado tiempo esperando ser contadas.
