Por: Nan García, La crack de los seguros y Pamela Álvarez – 23/febrero/2026
Pensar desde las no monogamias éticas implica ampliar profundamente los temas que entran en conversación. No se trata únicamente de afectos o erotismos, sino de todos los aspectos que atraviesan lo relacional. Entre ellos, uno resulta especialmente relevante, el dinero.

Las finanzas personales, los acuerdos económicos y la manera en que se distribuyen los recursos también forman parte de la ética vincular. Porque la forma en que gestionamos el dinero refleja, reproduce o cuestiona las mismas jerarquías, responsabilidades y formas de cuidado que organizan nuestras relaciones.
Las relaciones dentro de este espectro no sólo se construyen con acuerdos afectivos o eróticos. La libertad relacional también necesita claridad económica, responsabilidad compartida y conversaciones incómodas sobre el dinero y nuestras formas de consumo. Y no se trata únicamente del dinero como cifra o de los acuerdos técnicos que derivan de él, sino de la relación que tenemos con el dinero y de lo que nuestras prácticas de consumo comunican dentro y fuera del vínculo.
Es una realidad que, desde las no monogamias éticas, podemos hablar de límites, de celos, de honestidad radical y de responsabilidad afectiva. Sin embargo, cuando la conversación gira hacia el dinero, emergen otros temas que pueden volverla más tensa, más vulnerable o fácil de posponer.

Para iniciar estas conversaciones —en cualquier tipo de relación— pueden servir preguntas como:
- ¿Cuál es el acuerdo de gastos cuando realizamos actividades recreativas o de ocio?
- ¿Se dividen los gastos en partes iguales?
- ¿Es proporcional a los ingresos?
- ¿Existen acuerdos explícitos o solo suposiciones?
- ¿Cuáles son nuestras posturas respecto al consumo y al gasto?
- ¿Qué aspectos relacionados con el dinero son importantes para cada persona?
Las relaciones no pueden sostenerse sobre desigualdades financieras invisibles.
Porque el dinero también es poder. También es tiempo. También es energía.
La fantasía del “todo fluye”
Existe una narrativa cómoda: si somos personas abiertas y conscientes, todo debería acomodarse solo. Pero la realidad es que lo que no se conversa, se desordena.
En relaciones no monógamas pueden coexistir:
- Diferencias importantes de ingresos.
- Vínculos con distintos niveles de compromiso económico.
- Parejas con finanzas compartidas y otras sin acuerdos claros.
- Expectativas distintas sobre citas, viajes o estilo de vida.
En ese contexto, aparecen preguntas inevitables:
- ¿Es justo dividir 50/50 cuando los ingresos no son iguales?
- ¿Cómo se gestionan los gastos cuando hay más de un vínculo?
- ¿Qué ocurre cuando una persona sostiene mayor carga económica?
- ¿Hay transparencia real o acuerdos implícitos que no se nombraron?
Equidad no es dividir, es equilibrar

La equidad financiera no significa necesariamente “mitad y mitad”. Implica construir acuerdos conscientes, proporcionales y transparentes, que reconozcan las distintas realidades, posibilidades y necesidades de cada persona.
No se trata de repartir en partes iguales, sino de sostener dinámicas económicas que sean coherentes con la ética del cuidado.
Algunas conversaciones que pueden abrir este diálogo incluyen:
- Hablar abiertamente sobre expectativas económicas, sin asumir que todas las personas entienden o viven el dinero de la misma manera.
- Definir qué gastos implican un compromiso compartido y cuáles pertenecen al ámbito individual.
- Revisar periódicamente los acuerdos, entendiendo que las condiciones materiales y vinculares cambian con el tiempo.

Hablar de dinero en cualquier relación ya implica vulnerabilidad y negociación. Hacerlo desde las no monogamias consensuadas invita, además, a complejizar el diálogo: cuestionar los mandatos sobre consumo, dependencia y responsabilidad económica, y construir formas más éticas, transparentes y cuidadosas de relacionarse también con el dinero.
Esto implica reconocer que el amor romántico ha estado históricamente entrelazado con una economía que produce dependencia. La promesa de exclusividad ha servido, muchas veces, como justificación para la fusión financiera, la desigual distribución de recursos o la renuncia a la autonomía económica, especialmente para las mujeres y las personas feminizadas.
La dependencia financiera no es solo una consecuencia accidental del amor; puede convertirse en un mecanismo que limita la capacidad de decisión, de salida y de agencia dentro de los vínculos.

Pensar las finanzas desde las no monogamias éticas abre la posibilidad de desarticular esa economía romántica y construir relaciones donde el cuidado no implique subordinación, y donde la autonomía económica sea parte fundamental de la libertad afectiva.
Si queremos vínculos más libres, necesitamos prácticas más conscientes. Y eso incluye revisar cómo estamos gestionando el dinero en nuestras relaciones.
La ética vincular no termina en los acuerdos afectivos. También se practica en la forma en que distribuimos recursos, poder y responsabilidades.
La próxima vez que hables de límites o acuerdos, incluye el dinero en la mesa. No como amenaza, sino como parte del cuidado, hablar de dinero también es una forma de ética relacional.
“Porque la ética relacional también se construye con responsabilidad económica.”

