Por: Fabiola Santillán – 4/junio/2026
Estoy convencida de que el acto más humano es contar historias.
Hay historias que no solo se leen, sino que se sienten como un golpe en el cuerpo o un incendio en la memoria. Eso es lo que ocurre cuando abrimos las páginas de la literatura trans contemporánea.
Hay autoras que con sus historias nos dan un empujoncito para sanar las heridas y dejan una huella que dice: aquí estuve, esto fui, esta soy ahora. Sin embargo, durante demasiado tiempo, a las vidas trans se les negó ese derecho elemental; sus historias fueron narradas por voces ajenas, desde el morbo de la nota roja.
Se les arrebató la soberanía de su propio relato. Hoy, ese silencio histórico se ha roto. Escritoras como Alana S. Portero, Frida Cartas y Camila Sosa Villada demuestran que su nicho es, en realidad, el centro de la potencia creativa en español. Leerlas es entender que la palabra puede ser refugio, trinchera y fiesta a la vez. Ellas no solo están escribiendo libros: están reinventando las reglas de lo que el lenguaje puede hacer.
Alana S. Portero
Para entender cómo la palabra se convierte en ese refugio y trinchera del que hablo, es obligatorio viajar a la España obrera de los años ochenta y noventa a través de los ojos de su deslumbrante novela. La mala costumbre nos adentra a un mundo, uno de los más bellos y necesarios de los últimos años.
La historia de la propia Alana, contada desde la mirada de una niña trans encerrada dentro de sí por el miedo, la masculinidad exigida y las palabras que se dicen sin saber quién escucha pero que calan hondo en el alma de quienes se miran en ellas, son de un poder excepcional.
Con una pluma de elegancia y precisión increíbles, la autora nos va trazando un recorrido de ensoñaciones, experiencias y escapadas en las que poco a poco se va asomando ella misma a la superficie de un Madrid de los 90 que hemos aprendido a ver, quizá muy idealizadamente.
La crudeza y el horror con el que Portero habla desde el armario retumba con una fuerza que es necesaria escuchar, para no permitir que ninguna de nosotras vuelva a colocarse en esa posición. La mala costumbre nos recuerda que todas merecemos reconocernos en las demás y participar con plenitud de nuestro lugar entre las mujeres. Porque se lo debemos a las niñas que fuimos en secreto.


Camila Sosa Villada
Hay libros que hacen que una se enamore de la voz narrativa. Este es uno de ellos. Camila Sosa Villada, la belleza y el poder de sus letras son conocimiento común desde que Las malas tomó al mundo por sorpresa y nos mostró a todos como se escribe desde el corazón travesti.
En esta novela, Camila no solo nos abre las puertas del Parque Sarmiento en Córdoba, Argentina; nos arrastra hacia un universo donde el dolor más crudo de la marginalidad convive con la fantasía colectiva y el misticismo. La autora transforma la experiencia travesti en un rito de resistencia a través de una comunidad de mujeres que se cuidan y se salvan unas a otras.
Leer Las malas es entender que la literatura de la argentina no busca la compasión de la mirada ajena; busca celebrar el gozo, la fiesta y el brillo de la hermandad. Su lenguaje raspa, duele, pero al mismo tiempo cura, demostrando que la palabra es el territorio soberano donde la identidad se corona y se hace eterna.

Frida Cartas
Durante la pandemia, la escritora mexicana Frida Cartas decidió escribirle un libro de amor a su madre, que hablara sobre su infancia y adolescencia con crudeza, pero desde la ternura.
Frida escribe desde el lenguaje de la calle, de la frontera mexicana, con un desparpajo y un humor negro que desarman al lector desde la primera página. Al narrar los recuerdos de su propia niñez, nos enfrenta a la cruda realidad de crecer siendo una infancia disidente en un entorno machista y hostil. Sin embargo, lo verdaderamente revolucionario de su pluma es que se rehúsa a construir un relato desde el victimismo.
Con una dignidad tremenda, Frida rescata la cotidianidad, los juegos, la música, los afectos de barrio y la astucia necesaria para sobrevivir. Con Transporte a la Infancia; dignifica las identidades trans desde lo cotidiano y lo popular. Frida nos demuestra que la memoria de las mujeres trans mexicanas no pertenece a las estadísticas de la violencia, sino a la historia viva y vibrante de nuestras letras.

Al cerrar las páginas de Alana, Camila y Frida, queda claro que sus libros no pertenecen a una categoría de nicho ni responden a una cuota de diversidad editorial, leerlas es un recordatorio de que contar historias sigue siendo nuestro acto más humano, una trinchera colectiva donde las heridas sanan cuando se nombran y se comparten a través de las letras.
