Cuento por: Corazón BarHer – 24/abril/2026
—¿Qué haces? —¡Cierra los ojos! —No, no quiero… —Si te niegas de nuevo, te golpearé. ¡Cierra tus ojos! —Está bien.
Cubrí sus ojos con una mascada oscura, anudando con fuerza, asegurándome de que no hubiera escape.

Mi labio rozó el lóbulo de su oreja izquierda y susurré, con la voz apenas audible: «Serás mía». Sujeté sus brazos firmemente en cada esquina de la barra, inmovilizándola por completo, y un jadeo tenue se escapó de sus labios.
Mis dientes se cerraron sobre su cuello, dejando una marca de mi labial púrpura, como sello inconfundible de posesión.
Con un rasgado brusco, arranqué su blusa. Los botones de perla cayeron al suelo con un tintineo quebrado. Sus senos, firmes y suaves, se alzaron, con los pezones erizados, un símbolo innegable de deseo. El instinto hizo que sus piernas se cruzaran.
Mis dedos se deslizaron por sus muslos, levantando su falda con un movimiento lento. Caí hincada ante ella, besando la curva de su espalda, mordisqueando sus nalgas mientras el bikini se deslizaba al piso. Su intimidad, húmeda y expuesta, se ofrecía ante mí. Ella intentó cubrir su rostro con su brazo amarrado, pero era inútil.
Me levanté para contemplar su cuerpo, semidesnudo y vulnerable ante mi mirada. Mi propio instinto respondió con una oleada de poder. Alcancé el látigo y, con un golpe firme, lo dejé caer sobre su piel, que se estremeció al instante, marcada por un intenso rojo bermellón.
Apreté su rostro entre mis manos y acerqué su boca a la mía, besándola con una pasión voraz, mordiendo su labio inferior hasta sentir el sabor metálico. Luego, tomé un cubo de hielo entre mis dientes y lo pasé, lentamente, por cada centímetro de su cuerpo, sintiendo cómo su piel reaccionaba.
—¡Hazme tuya! ¡Hazme tuya! ¡Cógeme! —rogó, su voz cargada de anhelo.
La tomé de las caderas, y sus piernas se enlazaron a mi cintura y muslos. Mis dedos se encontraron con su humedad desbordante, mientras ella, exaltada, suplicaba por la permeación…
De repente, un golpe en mi cabeza. Levanté la mirada. Ahí estaba yo, acostada en mi cama, con mi gato tocándome la cara, maullando por comida. Y yo, despertando brutalmente de mi sueño, de mi realidad, sin mi final feliz.

